En Colombia, la prevención es una materia pendiente. Se suele planear de manera insuficiente, estudiar menos de lo necesario y ejecutar demasiado tarde las decisiones que exige cada crisis porque estamos acostumbrados a reaccionar, no a prevenir. Ese es el eterno problema del país.
De ahí que nuestra respuesta al cambio climático sea tan frágil; nos movemos por el pánico del momento, cuando los embalses se secan, los incendios avanzan o la escasez toca a la puerta de los hogares. Condenar la prevención al segundo plano nos obliga a improvisar ante cada crisis. La lección ya debería estar aprendida: prepararse no es un asunto de tecnicismos ni de burocracia, es una necesidad nacional inaplazable.
La crudeza de los pronósticos sobre El Niño que se avecina debe encender todas las alarmas. El Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) ya anticipa un escenario de intensidad “muy fuerte” para los meses que vienen, una alerta que se refuerza con los cálculos de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) en Estados Unidos, que disparó la probabilidad de formación del 62 % al 82 %. No estamos ante una simple predicción, sino ante un escenario climático que se nos viene encima.
Lo más inquietante es que, incluso antes de que este fenómeno inicie, el país ya enfrenta señales evidentes de estrés climático. El déficit de lluvias asusta, los termómetros marcan máximos históricos y los ciclos del clima ya no son lo que eran. Entramos debilitados, con las defensas bajas, a una temporada que pondrá a prueba nuestra capacidad de respuesta en agua, energía y comida. Dilatar las decisiones solo agravará los costos de una crisis predecible.
La tarea exige una preparación sin precedentes y medidas preventivas reales en cada rincón del país. Las regiones no pueden limitarse a esperar la tragedia para enviar bomberos; necesitan anticiparse y blindar sus recursos estratégicos. Prepararse de verdad implica asegurar que el agua no falte en los grifos, aceitar la maquinaria institucional y proteger esos motores productivos de los que depende el sustento de miles de familias.
Para enfrentar el embate de El Niño es necesario un frente común. El Gobierno nacional, las autoridades locales, los organismos de gestión del riesgo, el sector privado y la ciudadanía tienen que jalar para el mismo lado, porque ninguna entidad puede sola con una crisis climática de este calibre. Sentarse a coordinar, planear con tiempo y avanzar en las obras antes de que sea tarde es lo único que nos salvará de un golpe mucho peor.
El país necesita, de una vez por todas, una cultura de la prevención. Seguimos atrapados en la idea de que los desastres naturales son fatalidades del destino ante las cuales solo queda resignarse. Olvidamos que anticiparse salva vidas y economías enteras, sobre todo en el sector rural, donde un mes más sin lluvia borra de un plumazo los cultivos, destruye el empleo y hunde a las comunidades en la pobreza. Cruzarse de brazos a esperar el desastre no es una opción aceptable.