La prisa del Gobierno por decretar el fin del carbón choca de frente al lento avance de las energías renovables. En La Guajira, el gran bastión eólico, los proyectos siguen congelados por las mismas trabas de siempre. Sin un plan real para sustituir a corto plazo los ingresos, el empleo y la dinámica económica que hoy sostiene el carbón, la falta de una estrategia articulada no hace más que profundizar la incertidumbre.
Nadie discute que el futuro es verde, pero el presente de la seguridad energética mundial todavía depende del carbón. Decretar su muerte prematura es más un discurso ideológico que una realidad de los mercados. Aunque las energías limpias avanzan, el mundo sigue necesitando este respaldo térmico para evitar apagones en momentos de máxima demanda o ante crisis climáticas como la de El Niño que ya asoma. En ese escenario, para Colombia, el carbón no solo es un motor de empleo y divisas, sino un recurso estratégico cuya relevancia internacional está lejos de caducar.
El desplome de la producción y las exportaciones de carbón no es un accidente; es el resultado previsible de un entorno interno asfixiante, donde la alta carga tributaria y el volantazo regulatorio del Gobierno buscan marchitar la industria a la fuerza. Los hechos hablan solos: la salida de Prodeco, el freno de mano en el Cerrejón y la parálisis de la exploración petrolera demuestran la obsesión oficial por desmontar un sector estratégico antes de haber sembrado su reemplazo. Nadie discute la necesidad de la transición, pero la sensatez obliga a preguntar: ¿de verdad Colombia puede darse el lujo de asfixiar un motor que le aporta cerca de $38 billones al PIB y sostiene miles de empleos, cuando todavía no hay nada que llene ese vacío?
Por si fuera poco, el colapso del orden público le está dando la estocada final al sector. Los atentados y los bloqueos mutaron de ser protestas aisladas a convertirse en un chantaje permanente contra la operación minera, dejando pérdidas millonarias a su paso. Lo que pasa en Cerrejón es el reflejo de esta desidia: solo en lo que va de 2026, la empresa ha tenido que frenar sus operaciones 65 veces por bloqueos que buscan imponer. Mientras las trabas se acumulan, el país parece mirar con indolencia cómo empujan a uno de sus mayores motores económicos hacia un precipicio del que no habrá boleto de regreso.
El espejo internacional es claro: ninguna transición exitosa arranca por dinamitar lo que funciona antes de tener listo el reemplazo. Los países serios avanzan con gradualidad, amarrando las nuevas inversiones a salvavidas económicos y sociales para las regiones que viven de la vieja industria. Alemania, por citar el caso emblemático, no improvisó; tardó décadas en planificar el apagón de sus minas de carbón. Incluso las naciones que hoy van a la vanguardia de lo limpio mantienen los combustibles fósiles como un seguro de vida para no apagar sus economías.
Darle la espalda al valor estratégico del carbón es un error histórico que el país pagará caro. El freno en la producción de las grandes compañías mineras es el resultado previsible de un Gobierno que siembra incertidumbre en vez de oportunidades. La verdadera transición no se hace apagando motores a la fuerza, sino apostando por una explotación responsable y sostenible que sirva de amortiguador. Solo manteniendo un sector fuerte y ambientalmente riguroso podremos dar el paso hacia el futuro verde sin terminar en un apagón económico.