Muchos jóvenes colombianos se sienten atrapados en un laberinto de puertas cerradas, donde la desigualdad pesa más que el esfuerzo, en entornos donde la pobreza se hereda, la violencia se recicla, y el camino hacia una vida digna parece inexistente. Esa falta de horizonte ha sembrado algo más peligroso que la tristeza: una frustración en una generación que se siente incomprendida y poco valorada. Romper este cerco de exclusión es una urgencia nacional.
Colombia no solo tiene una deuda con su juventud; tiene una herida abierta que se desangra en cifras. De acuerdo con el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane), 2,49 millones de jóvenes en el país no estudian ni trabajan; no porque quieran, sino porque el sistema educativo y el laboral hablan idiomas distintos. En estas cifras se evidencia, una vez más, el sesgo de género: de cada diez jóvenes atrapados en este ciclo, siete son mujeres, quienes cargan con el peso de una doble exclusión. Esta fractura entre lo que se enseña y lo que el mercado demanda no es un fallo técnico, es un sistema que le está cerrando la puerta a toda una generación.
Ahora el acceso a la educación para los jóvenes colombianos no solo está limitado por barreras económicas y geográficas, sino también por un cortocircuito que se está presentando entre el modelo educativo tradicional y las aspiraciones de las nuevas generaciones. Mientras el sistema se empeña en la rigidez y lo convencional, los jóvenes de hoy buscan innovación y autonomía, algo a lo que el sistema educativo no se está adaptando con dinamismo. Esta desconexión no solo desmotiva, sino que también excluye a miles de jóvenes que no se sienten representados en un modelo que no dialoga con sus intereses, sus talentos ni con las nuevas realidades del mundo laboral.
Hay que entender que estamos ante una generación que quiere herramientas para inventar su propio camino a través de la creación, la transformación y el liderazgo. El futuro del trabajo en Colombia se está redefiniendo en la mente de los jóvenes, mucho antes de que las leyes laborales se enteren. Según el reciente estudio de Biz Nation y Cifras & Conceptos, nueve de cada diez jóvenes entre los 14 y 25 años tienen la brújula apuntando hacia el emprendimiento propio. A diferencia de sus padres, la estabilidad no es su obsesión; lo es la autonomía y la innovación. Esta generación 'centennial' ha decidido que su prioridad no es buscar empleo, sino inventarlo.
Al recorrer las regiones y sentarme a escuchar a los jóvenes, la conclusión es que existe una desconexión profunda entre las promesas del poder, la educación tradicional y la urgencia de sus necesidades. Ellos no piden que les regalen el futuro, exigen el derecho a construirlo sin que el sistema les ponga zancadilla a cada paso, quieren dejar de ser vistos como el problema a resolver y que los empecemos a ver como la solución. Lo que esta generación busca son rutas transitables para progresar.
Si no dejamos de tratarlos como espectadores de un futuro que les pertenece, la frustración terminará por devorar la poca esperanza que les queda. Abrirles paso no es una opción, es una deuda que el país no puede seguir aplazando.