Lo que están viviendo los cordobeses es uno de los golpes más brutales del cambio climático en los últimos diez años y, sin embargo, el país ha tardado en reaccionar. Estamos ante una dolorosa tragedia que ha impactado a miles de familias, quienes en medio del llanto y la desesperación han presenciado la desaparición de sus casas, sus cultivos y el esfuerzo de toda una vida. No se inundó solo un territorio; se inundó el corazón agropecuario del Caribe.
Los reportes desde Córdoba son aterradores. No hablamos de simples lluvias, sino de una catástrofe que ya se ha cobrado la vida de al menos 14 personas y tiene al 90 % del departamento sumergido. Con 24 de sus 30 municipios bajo el agua, el mapa de la región es hoy una mancha de lodo y desesperación causada por el desbordamiento descontrolado de los ríos San Jorge, Sinú y Canaletes. Más de 69.000 familias lo han perdido todo: desde el techo que las cubría hasta los cultivos que sostenían la economía del departamento. Esta tragedia no admite espectadores; la magnitud de las pérdidas humanas, materiales y sociales exige el apoyo de todos los colombianos.
La emergencia en Córdoba trasciende lo local y se convierte en una amenaza a la seguridad alimentaria del Caribe colombiano. Al ser una de las principales despensas agropecuarias de la región, lo que hoy está bajo el agua mañana se traducirá en escasez y mayores precios. Las cifras de Fedegán son alarmantes: solo en el departamento de Córdoba son más de 1.200 los bovinos muertos o desaparecidos y 315.231 animales afectados por la emergencia. Pero el daño no para ahí; las 140.000 hectáreas de cultivos perdidos por las lluvias representan años de trabajo y producción que se llevaron las aguas.
Ante un panorama tan desolador, las soluciones a medias y las promesas de papel son un insulto para quienes hoy no tienen un techo. La respuesta tiene que ser inmediata: una intervención diligente y real, que no solo entregue cajas de comida, sino que, a través de un plan integral de reconstrucción urbano-rural se les garantice a las familias afectadas el pronto retorno a una vivienda digna y a un campo productivo.
Sabemos que es una tarea difícil y compleja de reconstrucción dado el impacto devastador del fenómeno natural, especialmente cuando volver a la normalidad exige una inversión billonaria de recursos. Sin embargo, es una deuda y un compromiso que tenemos como Nación con nuestros hermanos. Córdoba necesita una rehabilitación urbana y rural que no se quede en pañitos de agua tibia; recuperar la actividad agropecuaria es una urgencia vital, no solo por la economía, sino para devolverle la tranquilidad social a miles de familias que hoy solo piden una oportunidad para empezar de nuevo. La reconstrucción debe ser tan grande como la tragedia, porque lo que está en juego es, ni más ni menos, el derecho de todo un pueblo a recuperar su dignidad y su futuro.
Frente a un drama de estas proporciones, la solidaridad de los colombianos no es un favor, es una obligación urgente con quienes se quedaron sin nada.