EL PRECIO DE PERDER LA CONFIANZA

sábado, 25 de abril de 2026 a las 07:00 AM Publicación

Colombia sigue pagando el precio de una política fiscal errática. La rebaja de la calificación soberana por parte de S&P Global Ratings de BB a BB- es otro campanazo de alerta que anuncia cómo se nos está escapando la confianza internacional mientras tambalea nuestra economía. Enderezar este camino no será sencillo: exige un timonazo inmediato, disciplina real y señales de estabilidad que demuestren que el país está dispuesto a corregir el rumbo, ordenar sus finanzas públicas y recuperar la credibilidad perdida ante los mercados y los inversionistas.

La desconfianza en el manejo fiscal no es nueva; en los últimos años ha venido lastrando nuestra política monetaria y nuestra reputación crediticia. La reciente rebaja de S&P Global Ratings, la segunda desde 2025, es la crónica de una advertencia ignorada. Lo dijimos cuando el Gobierno puso en tela de juicio la Regla Fiscal: ese mecanismo no es un adorno, es el ancla que contiene los excesos de gasto y el déficit. Debilitar ese blindaje nunca iba a salir gratis, y volvemos a ver cómo las consecuencias de ese tipo de decisiones se vuelven inevitables.

Cuando el entorno económico está marcado por la incertidumbre y los constantes cuestionamientos a la independencia del Banco de la República, la confianza de los inversionistas extranjeros se evapora. Eso es exactamente lo que está ocurriendo. Al comprometer la disciplina fiscal, se ha fracturado esa estabilidad macroeconómica que tanto nos costó construir. Ahora nos adentramos en un terreno difícil. El costo de la deuda está subiendo y, ya sea que miremos hacia el mercado nacional o el internacional, el acceso a nuevos préstamos nos resultará mucho más caro debido al alza en las tasas de interés.

La preocupación no es menor; estas rebajas en la calificación desatan un efecto dominó peligroso para cualquier economía. Primero, los fondos internacionales empiezan a mirar hacia otro lado, lo que seca el flujo de capital que tanto necesitamos. El impacto golpea entonces al sector privado: las empresas nacionales enfrentan créditos externos cada vez más caros. No estamos ante un simple ajuste, es un golpe directo al bolsillo de todos. El crédito se encarece tanto para el sector privado como para el Estado, obligándonos a destinar más recursos a pagar intereses.

La historia económica nos ha enseñado que la confianza es un activo frágil que toma años ganar y un instante perder. Si bien contamos con un Banco de la República que ha servido como ancla de estabilidad, sus esfuerzos se quedan cortos sin una política fiscal a la altura. La advertencia de Fitch Ratings es clara: una vez perdido el grado de inversión, el camino de regreso es un viacrucis, en promedio de unos siete años. Reconstruir nuestra reputación no será un trámite rápido ni sencillo; exige una disciplina innegociable y señales de coherencia.

El próximo gobierno enfrentará un desafío titánico: poner orden en la casa. Más que promesas, lo que el país y los mercados exigen hoy son certezas. Necesitamos escuchar propuestas concretas sobre cómo se recortará el déficit, cómo se frenará el endeudamiento y cómo se blindarán las finanzas públicas. No hay margen para la improvisación; solo con una hoja de ruta seria, basada en la disciplina y la ortodoxia económica, podremos reconstruir la solidez que hoy, lamentablemente, está en entredicho.