Los últimos cuatro años han sido, sin duda, los más críticos en la producción de gas natural en Colombia en más de una década. La pérdida del autoabastecimiento dejó de ser una advertencia técnica para convertirse en un problema cotidiano que amenaza la factura de los hogares, la operación de la industria y la estabilidad de la economía. El margen de maniobra se agotó: o se toman decisiones de fondo hoy, o la crisis energética no tendrá reversa durante un largo tiempo.
Pagar la factura del tiempo perdido es la nueva realidad energética del país. El sector arrastra una suma de tropiezos que hoy comprometen la seguridad energética nacional como la negativa a firmar nuevos contratos, las trabas en los licenciamientos, las tensiones territoriales sin resolver y un clima normativo hostil que ahuyentó el capital extranjero. El cuadro se completa con el incumplimiento de los acuerdos de suministro de gas con Venezuela, la extensión aceptada sin la garantía del retorno del combustible, y la omisión del cronograma de importación que debía iniciar en el 2013 desde el país vecino.
Mientras la demanda no da tregua, la capacidad del país para responder se reduce. Colombia ha tenido que tapar el hueco de su producción interna recurriendo al gas importado, una solución de emergencia que solo confirma la pérdida de nuestra soberanía energética. Los datos de Promigas lo dejan claro: la producción cayó un 12 % el último año y acumula un desplome cercano al 30 % en los últimos cuatro. La brecha está abierta y el margen de maniobra se agota.
El mapa de las reservas termina de encender las alarmas. Según el Informe de la Agencia Nacional de Hidrocarburos (ANH) para 2025, las reservas probadas de gas cayeron a 1.717 giga pies cúbicos (Gpc), un zarpazo del 17 % frente a los 2.064 Gpc reportados al cierre de 2024. La combinación es peligrosa: menos producción y menos reservas acumuladas aceleran la dependencia externa, mientras que el colchón de seguridad que nos protegió durante décadas termina de consumirse.
Revertir la caída exige volver a lo fundamental: explorar y producir gas en suelo colombiano. El país necesita una política pública que priorice el abastecimiento interno mediante el fortalecimiento de la producción local y el estímulo a la exploración. El gas natural sigue siendo el puente indispensable hacia una matriz más limpia; ignorarlo o asfixiarlo con incertidumbre normativa solo traslada el costo del suministro al bolsillo de los ciudadanos.
Colombia cuenta con importantes recursos tanto en tierra (onshore) como en el mar Caribe (offshore), que pueden devolvernos la autonomía, además de inyectar regalías y empleo a las regiones. Sin embargo, tener las reservas potenciales es solo la mitad de la ecuación; la otra mitad exige convertirlas en proyectos reales. Superar esta encrucijada requiere menos burocracia y mayor voluntad pragmática para acelerar los proyectos que definirán el futuro energético del país. La capacidad de producir nuestro propio gas sigue intacta en el subsuelo; lo que se agota es el tiempo para actuar.